- ¡Uf! ¡cómo está esto de telarañas!
- Aqui hace meses que no escribe nadie.
- ¿Qué le habrá pasado a Megapraxis?
- Estará cansado.
- ¡Claro! Tanto tiempo escribiendo...
- ...desde 2010
- Si, antes del 15M.
- y tan solo...
- ¿Cómo que sólo? El Google Stats dice que la gente sigue leyendo sus posts.
- ...Y dejando algún comentario que otro.
- Eso también.
- Oye, ¿tú crees que habrán servido de algo todos esos posts que escribía Megapraxis?
- ¿Y yo qué sé?¿cómo voy a saberlo?
- Pues es verdad. ¡A saber!
- ¡Mira! ¡hormigas!
- Siii, ¡qué ricas! ¿quieres unas pocas?
- No, gracias, estoy a dieta.
- Tú te lo pierdes.
Datos personales
- Megapraxis
- ¿Que es Megapraxis? El mundo cambia, y el cambio constante es una de las ideas que conciernen a la Megapraxis, (Heráclito: "Todo fluye"). Otra es su universalidad: es global; hay que analizar todo, explicar todo; no nos conformamos con las partes. La realidad siempre es compleja y la complejidad también es megapráctica. Pero no todo va a ser análisis. Debe haber praxis ¿no? Pues eso, propuestas de acción práctica, que es lo que modifica la realidad. En resumen, conocer mejor la realidad para proponer acciones que la transformen, que la hagan progresar, que sumen “cuantos de progreso”. Pasito a pasito. Es muy simple. Pero no es fácil.
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martes, 14 de junio de 2016
domingo, 29 de junio de 2014
El sueño del afilador
De la serie Cuentos del 15M y después de un año desde el último cuento publicado en este blog ("La hoguera"), hoy ofrezco un nuevo cuento, titulado: "El sueño del afilador" ¡Que lo disfruten!
(Ah, y dejen sus comentarios, se agradecen).
El sueño del afilador
Acabo de despertarme con una desazonadora inquietud. He soñado que llovía, oía el silbido de la flauta de un afilador y de una manera incomprensible sentía el impulso de reunir los cuchillos de la casa y salir a afilarlos. Perseguía el sonido metálico del chiflo, su melodía hipnótica, que parecía jugar con el viento y esconderse tras cada esquina, hasta que llegaba a un plaza donde se hallaban muchos vecinos, cada uno con sus cuchillos, haciendo cola ante la bicicleta del afilador, mientras éste, dale que dale al pedal, hacía saltar las chispas de la piedra giratoria frotándola contra la hoja de un gran cuchillo de carnicero.
De alguna manera, la lluvia no me mojaba, ni parecía afectar la gravedad con que el afilador se enfrentaba a su trabajo. Concentrado, afilaba un cuchillo tras otro levantando la vista de la piedra giratoria tan sólo para entregar el cuchillo recién afilado a su dueño y recibir el siguiente, sin mediar palabra, en silencio. Llegado mi turno, alargué mi brazo para entregar al afilador mis cuchillos. En el mismo momento en que éste los cogía, clavó sus ojos en los míos, breve pero intensamente y con serenidad. Sentí un escalofrío.
Marché de allí. Sin rumbo, callejeando, me crucé con otros vecinos que también venían de afilar sus cuchillos, en silencio. Caminaba deprisa, al igual que el resto de la gente, por una ciudad irreal, sin tráfico, sin ruido, el silencio roto tan solo por el rumor sordo de pasos aquí y allá, y por el lejano y triste deje de la flauta del afilador, que parecía rasgar el aire quieto, animar la lluvia y detener el tiempo.
Sentía el calor de los cuchillos recién afilados en mis manos. La lluvia fina golpeaba en mi cara y resbalaba hacia mi barbilla, de donde caía el agua formando un hilillo. A medida que arreciaba la lluvia, yo aceleraba el paso, y me dí cuenta que las demás personas que deambulaban por las calles se apresuraban de igual manera. De repente, me vi trotando en grupo por el medio de la calle junto al resto de personas que venían de afilar sus cuchillos, portándolos en las manos, o en los bolsillos, o sujetos a la cintura. Grupos de personas procedentes de diferentes calles iban uniéndose a un grupo mayor que recorría la principal avenida de la ciudad, la cual desembocaba en una gran plaza delante del Palacio de Gobierno. Al poco tiempo una inmensa muchedumbre se concentraba en aquel espacio, en silencio, apretando los mangos de los cuchillos aún calientes con los puños, con la mirada fija en aquel inmenso edificio, aquella mole granítica que representaba el poder, y por lo mismo, la opresión.
Con determinación, la muchedumbre comenzó a moverse hacia la entrada principal del edificio, una gran puerta de hierro forjado que conducía a un inmenso patio. Yo caminaba en medio de la multitud silenciosa. Nadie se interpuso a nuestro paso. El patio estaba vacío. La gente comenzó a adentrarse en las dependencias del edificio. Todo estaba abierto. Yo me adentré con un grupo por las escaleras principales. A medida que recorríamos las salas, los despachos, las estancias, nos percatábamos de que el edificio estaba vacío: no sólo no había personas, tampoco había muebles, ni archivos, ni rastro de actividad alguna. El espacio antes ocupado por aquellos en quienes recaía el dudoso privilegio de ejercer el poder, siempre a favor de unos pocos privilegiados y en contra de la mayoría, ahora estaba vacío. Entonces todos guardamos nuestros cuchillos, ya fríos, y marchamos. Todo había terminado, y todo estaba por empezar.
Al despertar he recordado el sueño con mucha claridad. La sensación de desasosiego ha permanecido un buen rato. Volviendo a la rutina diaria he salido a la calle, llovía un poco. Al doblar la esquina me he topado con un afilador que acarreaba el extraño aparejo de su oficio montado en una bicicleta. Al mirarle a los ojos me ha devuelto la mirada y me ha sonreído. Un escalofrío ha recorrido mi espalda.
Megapraxis
Más cuentos del 15M en este blog:
La hoguera: http://megapraxis.blogspot.com.es/2013/05/la-hoguera.html
El juez: http://megapraxis.blogspot.com.es/2012/05/el-cuento-del-juez-que-se-gastaba-el.html
La subasta de órganos: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/12/la-subasta-de-organos.html
El sacrificio: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/11/el-sacrificio-fabula-neolitica-sobre.html
El ocaso de la tierra: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/09/el-ocaso-de-la-tierra-o-la-gran.html
El coma: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/06/el-coma.html
Ayer tuve un sueño: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/ayer-tuve-un-sueno-larga-vida-al-15-m.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
El juez: http://megapraxis.blogspot.com.es/2012/05/el-cuento-del-juez-que-se-gastaba-el.html
La subasta de órganos: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/12/la-subasta-de-organos.html
El sacrificio: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/11/el-sacrificio-fabula-neolitica-sobre.html
El ocaso de la tierra: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/09/el-ocaso-de-la-tierra-o-la-gran.html
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Ayer tuve un sueño: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/ayer-tuve-un-sueno-larga-vida-al-15-m.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
sábado, 11 de mayo de 2013
La hoguera
Graciana clavó sus ojos en los del verdugo, suplicándole con la mirada toda la humana compasión de la que fuera capaz para aliviar el horrible sufrimiento que la esperaba. Ella sabía que él sabía cómo hacerlo. Le conocía desde niño y en algún momento le había juzgado como un buen hombre.
Graciana había sido acusada de practicar la brujería, y por ello condenada a morir abrasada en la hoguera junto con otras cinco mujeres más, acusadas de ayudarla en sus artes diabólicas.
Por la cabeza de Graciana se agolpaban los recuerdos de su vida pujando por salir en ese postrer minuto dedicado a estimar el verdadero valor de lo que ha sido la propia existencia. Su infancia feliz y algo rebelde; sus padres, humildes trabajadores que pese a las estrecheces económicas pudieron darle estudios y una esperanza de un futuro mejor; su época de estudiante en la Facultad de Medicina, el MIR, las oposiciones, la ansiada plaza de médico adjunto en el Hospital, el ejercicio de la profesión volcada en sus pacientes...y la pregunta que la atormentaba más que cualquier condena: ¿qué había pasado? ¿cómo había llegado a aquélla situación?
Fue cosa de pocos años, en realidad. Todo empezó a torcerse cuando ocurrió aquél inmenso agujero bancario, la "gran recesión", donde los bancos fueron rescatados con dinero público que salió de cerrar hospitales, escuelas y despedir médicos, maestros y otros funcionarios públicos. La gente no dijo nada porque al igual que extinguían servicios públicos, cerraban empresas, víctimas de una irracional austeridad que se adueñó de los políticos, empeñados en salvar bancos a costa de los ciudadanos. Ello dio en la calle con millones de trabajadores. El miedo a quedarse sin trabajo generó la inacción de los aún activos. Los parados echaban la culpa de todo a los inmigrantes y a los funcionarios. Con este caldo de cultivo no tardó en llegar el decreto de "Externalización para una gestión eficaz de la administración pública". De un plumazo se acabó con el funcionariado, millones de personas que pasaron a engrosar las filas de parados, entre ellos, Graciana. En cuanto a los inmigrantes, el "Decreto de limpieza de sangre" acabó con ellos. Se decretó su expulsión del país, del mismo modo que siglos antes habían sido expulsados judíos y moriscos.
Gentes de confianza del poder fueron ocupando los puestos relevantes, designados "a dedo". Las instituciones, la judicatura, el poder legislativo y el ejecutivo fueron en seguida absorbidos y en poco tiempo pasaron a ser títeres en manos de las cuatro familias que ostentaban el poder económico. El ejercito y la Iglesia sirvieron fielmente al poder emergente como siempre habían hecho.
La democracia fue reducida a votar una vez cada cuatro años. Con la situación reinante el desencanto se apoderó de la población y la abstención llegó a ser del 95%, pero con omitirlo en las noticias fue suficiente para que ese "pequeño" detalle pasara desapercibido. Esa magra participación electoral no obstaba para que se siguieran repartiendo los escaños merced a la conveniente ley electoral de siempre, de modo que un escaño en el parlamento se podía llegar a conseguir con un puñado de votos, bastando para ello con los votos de la familia, del servicio, y de cierto número de paniaguados que debían favores al diputado electo. Los resultados de esa farsa seguían tildándose de "democráticos" en todos los medios de comunicación -que naturalmente se doblegaron al poder con auténtico servilismo- y cualquiera que osara dudar de esa "democracia de salón" era acusado de traición al Estado y condenado a trabajos forzados en las minas de bórax del consorcio militar-industrial, compañía que, además de ser propietaria del ejército, se adueñó por decreto de todos los recursos naturales del país, incluidos el mar, su fondo, la costa, los ríos y el resto del agua dulce, el aíre, los bosques, las montañas, los valles, las minas y los cultivos. En eso quedó la riqueza disponible, pues la gran recesión y la crisis energética subsiguiente acabaron con las fábricas, sumiendo al país en un estado de subdesarrollo perpetuo, a merced de los países más desarrollados del entorno, quienes obtenían así recursos y materias primas a precio de saldo.
Hubo protestas, pero se acallaron a sangre y fuego. A la represión y al hambre no sobrevivió más que la cuarta parte de la población. Las otras tres cuartas partes perecieron o huyeron del país. Quien pudo marchó hacia el campo o las montañas, huyendo de la represión, más intensa en las ciudades. Ese fue el caso de Graciana.
Graciana comenzó a ejercer una medicina rudimentaria en su aldea. Tuvo que olvidarse de los medios que había en el hospital, y de los medicamentos de las farmacias, pues sólo podían permitírselos los miembros de las cuatro familias de caciques que detentaban el poder. Pero Graciana era viva y pronto recuperó una buena porción de medicinas del acervo tradicional que resultaban útiles para algunas dolencias: hierbas, ungüentos, tisanas... se afanaba en recoger esa tradición que muchas mujeres en Occidente ejercieron durante milenios, mitad curanderas, mitad consejeras, mitad catalizadoras del caudal esotérico que la humanidad lleva dentro. Graciana no creía en aquellas monsergas esotéricas -en el fondo era una racionalista de tomo y lomo- pero reconocía que la gente de a pie, los de abajo, necesitaban consuelo para sus almas tanto como alimentos para sus cuerpos, y de las dos cosas había escasez. De este modo, entre tisana y tisana, entre muérdago, mandrágora, belladona y acónito, Graciana oficiaba de psicóloga y hasta de sexóloga, pues la gente no solo acudía a ella en busca de cura para el cuerpo, sino también para el espíritu, y sobre todo, remedios para el amor, cuyos males no habían cedido con la recesión.
La gente de a pie -el 99%- no tenía muchas opciones si quería reunirse a hablar de sus asuntos, pues la ley prohibía cualquier reunión pública (todos los derechos civiles habían sido abolidos por el decreto correspondiente), de modo que se desarrolló una práctica clandestina consistente en reunirse de noche en prados alejados de las poblaciones. Aquellas asambleas tenían un carácter mitad político mitad social, y en ocasiones festivo. No tardó mucho tiempo la gente en desarrollar auténticos rituales donde conversaban en libertad, compartían lo poco que tenían y gozaban del momento a su entender, en corros donde se reía, cantaba y danzaba al son de la música hasta el canto del gallo. Graciana alcanzó un papel preponderante en estas reuniones, debido a su sabiduría, reconocida por todos, y a su liderazgo natural. De algún modo la gente le otorgó el título de reina de la congregación.
Las leyes, recorriendo el camino inverso al que hicieron desde la Ilustración y el Racionalismo, volvieron después de la recesión a los tiempos de esa justicia que reinaba en el siglo XVII, dominada por la superstición, el miedo y el afán de venganza propios de la Santa Inquisición. La religión, en su versión represora y pueril, consiguió dictar cuantas leyes quiso para tener al rebaño pastando en su redil. El miedo al diablo se instaló en primer lugar de las preocupaciones de los legisladores, pues se consideraba que el maligno estaba detrás de todos los males, y que para evitarlos, bastaba con combatirlo. Se dictaron leyes para perseguir a aquéllos que se sometían a Satán para producir el mal en el prójimo. Llegaron las cazas de brujas. Y Graciana fue denunciada por algún vecino mal avenido. Entre los vecinos muertos de miedo no fue difícil encontrar testigos de los aquelarres que oficiaban ella y sus asistentas, cinco mujeres que la ayudaban, en la braña alta las noches de verano. Las otras fueron igualmente acusadas del mismo delito. Las seis sorguiñas fueron presas, juzgadas por el Santo Oficio para la Doctrina de la Fe y de lo Penal, y condenadas por brujería.
Mientras el verdugo colocaba la capucha en la cabeza de Graciana, le puso en la boca una baya con un intenso sabor amargo y le dijo al oido "muérdela con fuerza". Graciana confirmó de este modo su juicio anterior sobre el fondo de compasión que aún latía en el verdugo, y de algún modo por su cabeza cruzó la peregrina idea de que aún había alguna esperanza para el Mundo.
Mordió la baya con fuerza. Para cuando el aire empezó a llenarse de olor a leña ardiendo, Graciana yacía inmóvil, inerte, bajo la capucha, sobre la pira.
Graciana había sido acusada de practicar la brujería, y por ello condenada a morir abrasada en la hoguera junto con otras cinco mujeres más, acusadas de ayudarla en sus artes diabólicas.
Por la cabeza de Graciana se agolpaban los recuerdos de su vida pujando por salir en ese postrer minuto dedicado a estimar el verdadero valor de lo que ha sido la propia existencia. Su infancia feliz y algo rebelde; sus padres, humildes trabajadores que pese a las estrecheces económicas pudieron darle estudios y una esperanza de un futuro mejor; su época de estudiante en la Facultad de Medicina, el MIR, las oposiciones, la ansiada plaza de médico adjunto en el Hospital, el ejercicio de la profesión volcada en sus pacientes...y la pregunta que la atormentaba más que cualquier condena: ¿qué había pasado? ¿cómo había llegado a aquélla situación?
Fue cosa de pocos años, en realidad. Todo empezó a torcerse cuando ocurrió aquél inmenso agujero bancario, la "gran recesión", donde los bancos fueron rescatados con dinero público que salió de cerrar hospitales, escuelas y despedir médicos, maestros y otros funcionarios públicos. La gente no dijo nada porque al igual que extinguían servicios públicos, cerraban empresas, víctimas de una irracional austeridad que se adueñó de los políticos, empeñados en salvar bancos a costa de los ciudadanos. Ello dio en la calle con millones de trabajadores. El miedo a quedarse sin trabajo generó la inacción de los aún activos. Los parados echaban la culpa de todo a los inmigrantes y a los funcionarios. Con este caldo de cultivo no tardó en llegar el decreto de "Externalización para una gestión eficaz de la administración pública". De un plumazo se acabó con el funcionariado, millones de personas que pasaron a engrosar las filas de parados, entre ellos, Graciana. En cuanto a los inmigrantes, el "Decreto de limpieza de sangre" acabó con ellos. Se decretó su expulsión del país, del mismo modo que siglos antes habían sido expulsados judíos y moriscos.
Gentes de confianza del poder fueron ocupando los puestos relevantes, designados "a dedo". Las instituciones, la judicatura, el poder legislativo y el ejecutivo fueron en seguida absorbidos y en poco tiempo pasaron a ser títeres en manos de las cuatro familias que ostentaban el poder económico. El ejercito y la Iglesia sirvieron fielmente al poder emergente como siempre habían hecho.
La democracia fue reducida a votar una vez cada cuatro años. Con la situación reinante el desencanto se apoderó de la población y la abstención llegó a ser del 95%, pero con omitirlo en las noticias fue suficiente para que ese "pequeño" detalle pasara desapercibido. Esa magra participación electoral no obstaba para que se siguieran repartiendo los escaños merced a la conveniente ley electoral de siempre, de modo que un escaño en el parlamento se podía llegar a conseguir con un puñado de votos, bastando para ello con los votos de la familia, del servicio, y de cierto número de paniaguados que debían favores al diputado electo. Los resultados de esa farsa seguían tildándose de "democráticos" en todos los medios de comunicación -que naturalmente se doblegaron al poder con auténtico servilismo- y cualquiera que osara dudar de esa "democracia de salón" era acusado de traición al Estado y condenado a trabajos forzados en las minas de bórax del consorcio militar-industrial, compañía que, además de ser propietaria del ejército, se adueñó por decreto de todos los recursos naturales del país, incluidos el mar, su fondo, la costa, los ríos y el resto del agua dulce, el aíre, los bosques, las montañas, los valles, las minas y los cultivos. En eso quedó la riqueza disponible, pues la gran recesión y la crisis energética subsiguiente acabaron con las fábricas, sumiendo al país en un estado de subdesarrollo perpetuo, a merced de los países más desarrollados del entorno, quienes obtenían así recursos y materias primas a precio de saldo.
Hubo protestas, pero se acallaron a sangre y fuego. A la represión y al hambre no sobrevivió más que la cuarta parte de la población. Las otras tres cuartas partes perecieron o huyeron del país. Quien pudo marchó hacia el campo o las montañas, huyendo de la represión, más intensa en las ciudades. Ese fue el caso de Graciana.
Graciana comenzó a ejercer una medicina rudimentaria en su aldea. Tuvo que olvidarse de los medios que había en el hospital, y de los medicamentos de las farmacias, pues sólo podían permitírselos los miembros de las cuatro familias de caciques que detentaban el poder. Pero Graciana era viva y pronto recuperó una buena porción de medicinas del acervo tradicional que resultaban útiles para algunas dolencias: hierbas, ungüentos, tisanas... se afanaba en recoger esa tradición que muchas mujeres en Occidente ejercieron durante milenios, mitad curanderas, mitad consejeras, mitad catalizadoras del caudal esotérico que la humanidad lleva dentro. Graciana no creía en aquellas monsergas esotéricas -en el fondo era una racionalista de tomo y lomo- pero reconocía que la gente de a pie, los de abajo, necesitaban consuelo para sus almas tanto como alimentos para sus cuerpos, y de las dos cosas había escasez. De este modo, entre tisana y tisana, entre muérdago, mandrágora, belladona y acónito, Graciana oficiaba de psicóloga y hasta de sexóloga, pues la gente no solo acudía a ella en busca de cura para el cuerpo, sino también para el espíritu, y sobre todo, remedios para el amor, cuyos males no habían cedido con la recesión.
La gente de a pie -el 99%- no tenía muchas opciones si quería reunirse a hablar de sus asuntos, pues la ley prohibía cualquier reunión pública (todos los derechos civiles habían sido abolidos por el decreto correspondiente), de modo que se desarrolló una práctica clandestina consistente en reunirse de noche en prados alejados de las poblaciones. Aquellas asambleas tenían un carácter mitad político mitad social, y en ocasiones festivo. No tardó mucho tiempo la gente en desarrollar auténticos rituales donde conversaban en libertad, compartían lo poco que tenían y gozaban del momento a su entender, en corros donde se reía, cantaba y danzaba al son de la música hasta el canto del gallo. Graciana alcanzó un papel preponderante en estas reuniones, debido a su sabiduría, reconocida por todos, y a su liderazgo natural. De algún modo la gente le otorgó el título de reina de la congregación.
Las leyes, recorriendo el camino inverso al que hicieron desde la Ilustración y el Racionalismo, volvieron después de la recesión a los tiempos de esa justicia que reinaba en el siglo XVII, dominada por la superstición, el miedo y el afán de venganza propios de la Santa Inquisición. La religión, en su versión represora y pueril, consiguió dictar cuantas leyes quiso para tener al rebaño pastando en su redil. El miedo al diablo se instaló en primer lugar de las preocupaciones de los legisladores, pues se consideraba que el maligno estaba detrás de todos los males, y que para evitarlos, bastaba con combatirlo. Se dictaron leyes para perseguir a aquéllos que se sometían a Satán para producir el mal en el prójimo. Llegaron las cazas de brujas. Y Graciana fue denunciada por algún vecino mal avenido. Entre los vecinos muertos de miedo no fue difícil encontrar testigos de los aquelarres que oficiaban ella y sus asistentas, cinco mujeres que la ayudaban, en la braña alta las noches de verano. Las otras fueron igualmente acusadas del mismo delito. Las seis sorguiñas fueron presas, juzgadas por el Santo Oficio para la Doctrina de la Fe y de lo Penal, y condenadas por brujería.
Mientras el verdugo colocaba la capucha en la cabeza de Graciana, le puso en la boca una baya con un intenso sabor amargo y le dijo al oido "muérdela con fuerza". Graciana confirmó de este modo su juicio anterior sobre el fondo de compasión que aún latía en el verdugo, y de algún modo por su cabeza cruzó la peregrina idea de que aún había alguna esperanza para el Mundo.
Mordió la baya con fuerza. Para cuando el aire empezó a llenarse de olor a leña ardiendo, Graciana yacía inmóvil, inerte, bajo la capucha, sobre la pira.
Más cuentos del 15M en este blog:
La subasta de órganos: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/12/la-subasta-de-organos.html
El ocaso de la tierra: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/09/el-ocaso-de-la-tierra-o-la-gran.html
Ayer tuve un sueño: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/ayer-tuve-un-sueno-larga-vida-al-15-m.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
lunes, 28 de mayo de 2012
El juez
Ya llevamos un tiempo sin publicar cuentos de la serie 15M que inauguramos como sin querer hace poco más de un año, y va tocando ya. Antes de empezar recordaremos las palabras de Max Estrella: "El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada". Nunca fue más cierto, ni España estuvo más cerca de la imagen deformada de los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Ahí va ese cuento...
El juez
Fue durante una asamblea de barrio cuando, en plena megapraxis, hablando de la correcta administración de los bienes públicos, escuché contar a un anciano la siguiente historia:
"En un país muy, muuuy lejano, hace mucho, muuucho tiempo, había un juez muy, muuuy importante, el jefe de los jueces de aquel reino. Aquel juez era muy muuuy religioso, lo cual no era muy extraño dado que aquel país (cuya Constitución aseguraba que era laico) estaba dominado por la religión, en concreto por una congregación religiosa, y solo si pertenecías a esa congregación podías ser jefe de algo, de los jueces, de los médicos, de los empleados de Correos, de lo que fuera. Ello se explicaba porque, aunque en la Constitución de aquél lejano país se establecía la separación de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, ello era una fórmula meramente decorativa sin efecto, pues en la realidad los tres poderes estaban tan imbricados que a los ciudadanos les costaba tanto trabajo distinguirlos como distinguir los nombres de los que los ostentaban. Corrientemente se reunían en una misma familia un juez, un diputado, un alto cargo del gobierno, un prelado y un banquero o magnate, de modo que era harto frecuente encontrarse con los mismos apellidos o combinaciones de ellos en todos los ámbitos del poder. El caso es que por familiaridad, por amistad, y por reciprocidad, los que ostentaban aquellos poderes se favorecían mutuamente todo el tiempo. Los del poder legislativo nombraban a los del ejecutivo y éstos nombraban a los del judicial, los cuales a su vez sobreseían todas las causas en que estaban involucrados los miembros de los dos poderes anteriores en el ejercicio de su mandato, a menudo por hacer uso inadecuado de los fondos del erario público en su propio beneficio y en el de sus amigos y familiares. Esto no solo era frecuente en aquellos que ostentaban los poderes ejecutivo y legislativo, sino también entre los jueces, que se perdonaban entre ellos sus pecadillos con gran indulgencia. Y qué decir de los magnates, banqueros y prelados... En fin, las leyes, benignas con los poderosos, eran sin embargo aplicadas de forma implacable a los gobernados, al pueblo llano, dando lugar a una situación muy muuuy injusta, que indignaba a cualquiera. A cualquiera, claro está, que no perteneciera a las castas del poder. Si aquello no era suficiente, se cambiaban las leyes con tal de permitir que aquella injusta situación prevaleciera. Cuando a los jueces, banqueros, prelados o magnates no les gustaba una ley, simplemente se lo hacían saber a sus amigos y parientes para que la cambiaran. Las reuniones familiares y sociales (cenas, cumpleaños, bodas, comuniones, bautizos, confirmaciones, torneos de golf y cacerías) eran el ámbito idóneo para comunicar la necesidad de cambiar tal o cual ley. A aquel lejano país lo llamaban democracia, pero no lo era. Aquellos gerifaltes creían representar al pueblo, pero la verdad era que no, que no, que no lo representaban.
El jefe de los jueces de aquel lejano país tenía una obsesión: quería acabar con la prostitución. La sola visión de aquellas lascivas mujeres ofreciéndose medio desnudas le ponía...muuuy enfermo. En los ratos libres que le dejaban sus actividades judiciales (que eran muchos) paseaba por los lugares donde era frecuente observar aquellas hetairas desvergonzadas. "¡Qué ovejas descarriadas!" pensaba. "No sólo se atreven a ofrecerse de aquella guisa en sórdidos prostíbulos, sino, mucho peor...¡en plena calle!"
El caso es que un buen día el juez decidió pasar a la acción, y pensó que lo mejor sería ir personalmente, de incógnito, a retirar putas del mercado carnal. Su objetivo no era retirarlas de la calle, sino lograr su redención total, convenciéndolas de que se arrepintieran de aquella vida pecadora y la abandonaran. El juez no encontró misión más noble ni más abnegada que aquella, y en ello empleó sus mayores esfuerzos desde entonces. Su estrategia consistía en hacerse pasar por cliente. Así conseguía entablar conversación con aquellas pobres pecadoras. Para su misión, seleccionaba a las más lascivas, a las más hundidas en la molicie, precisamente aquellas que más necesitaban una redención. Aquí hay que decir que no tenía mal gusto el juez. El caso es que aquellas grandes pecadoras eran tremendamente exigentes con sus clientes. Para complacerlas y ganarse su confianza, las invitaba a cenar a restaurantes caros y exclusivos locales, las agasajaba con exquisitos regalos, las llevaba de viaje... Aquellas mujeres eran ciertamente insaciables, especialmente cuando comprobaban que el juez estaba dispuesto a gastar importantes sumas con ellas. Cuando creía tener confianza suficiente, el juez se desvelaba como redentor de meretrices y comenzaba a sermonearlas acerca de lo nefasto de su situación como pecadoras, y de la magnanimidad divina cuando se muestra un arrepentimiento sincero. En estas las putas hacían balance, sopesando cuánto más podrían exprimir al panoli del juez, al que terminaban abandonando con frases del tipo "Ahí te quedas con tus sermones, panoli".
Todo aquello era caro hasta para un juez, pero a este no le importaba: aquello era una misión de Dios, y como para este juez todo en la vida era una misión de Dios, incluyendo su trabajo de juez, pues no le costó mucho llegar a la conclusión de que aquellos gastillos que dedicaba a la procelosa misión de retirar prostitutas de lujo de aquella vida pecadora podían ser perfectamente sufragados por el erario público. Al fin y al cabo, estaba haciendo una labor social además de una misión divina, de modo que comenzó a presentar todas aquellas facturas de hoteles, viajes, cenas, regalos, etc como "gastos de viajes, representación y protocolo". Y coló. Unas 20 veces.
A la veintiúna sin embargo apareció un juez traidor, un infiltrado, un enemigo de Dios, que por servidumbres del sistema había entrado de rondón en el Consejo Judicial Superior de aquél lejano país. El juez traidor conoció aquél dispendio de fondos públicos y lo denunció. "¡Qué desfachatez!" "¿Quien se había creído ese pollo? Ni siquiera creía en Dios" (eso lo explicaba todo). "¿De qué familia había salido?" "¿Cómo era posible que entre bodas, comuniones, confirmaciones, bautizos, torneos de golf y cacerías hubiera pasado desapercibido semejante traidor?"
Los demás jueces tranquilizaron a su jefe: "No tienes nada que temer. Es él el que está perdido" "Ese acaba haciéndole compañía a Garçon" (en referencia a otro juez que había osado cuestionar aquel estado de cosas unos meses antes y al que habían inhabilitado los demás jueces, enviándolo muuy muuy lejos de aquel país, ya en si lejano, al exilio). En efecto, en pocos días se archivó la denuncia, se inhabilitó al juez díscolo, que acabó en otro país todavía maaaas lejano. No había indicios de malversación. Curiosamente, la Ley de Control de Gasto Público había sido recientemente modificada para excluir específicamente a las atenciones protocolarias del Consejo Judicial Superior de las correspondientes justificaciones. Por lo demás, a nadie se le ocurrió preguntar qué hacía el jefe de los jueces con aquellas meretrices, en aquellos hoteles, en aquellos restaurantes de lujo. Nadie se preguntó por el por qué de tanto viaje, de tanta cena, de tanto lujo... y que relación guardaba todo aquello con el interés general, para el aquellos jueces trabajaban, y para el que estaban destinados los fondos que empleaba el juez en su cruzada. La clave era la confianza. Los demás jueces confiaban en su jefe. Era de los suyos, un hombre de bien, de buena crianza, como debe ser un juez de los de toda la vida. De misa diaria. De rosario y cilicio, de los que mortificaban su carne. No había duda. Su misión era divina. ¿Quien podía dudarlo?
El buen juez no dio nunca explicaciones de aquello, lo cual era lo normal en aquel país tan lejano en que nadie daba explicaciones de nada. Por lo demás, y dadas las circunstancias favorables, siguió con su vicio, digooo misión: ventidos, ventitrés, venticuatro veces, venticuatro meretrices que lo mandaron a paseo, venticuatro mil Euracos (el Euraco era la moneda de aquel lejano país) del erario público gastados en...redimir putas (sin entrar en la poca eficacia del método empleado por el juez para "redimir putas").
Hasta que llegó la veinticinco. Al juez la veinticinco le pilló en un putiferio de postín en pleno carnaval. La máscara que tanto clientes como prostitutas llevaban le daba un toque morboso a todo aquel asunto, pensaba el juez, renegando de aquella fiesta pagana. Puso sus ojos (como no podía ser de otra manera), en la más lasciva de las hetairas allí presentes, quien parecía estar pidiéndole "¡redímeme!", "¡redímeme!" tras aquella máscara. Allá que fue el juez. Motivado, agasajó como nunca a aquella mujer, que mostraba con él una extraña afinidad, difícil de explicar. Decidió llevarla a un hotel de lujo de la ciudad, para hablar con aquella gran pecadora a solas con tranquilidad, a ver si aquella vez tenía más éxito. Le hablaría de la grandeza de María Magdalena, de sus lágrimas de arrepentimiento, del perdón de Cristo. Subieron a la habitación más cara, impresionante, con vistas al mar y ascensor de acceso directo a una playa privada. De la impresión, aquella mujer sufrió (o más bien simuló) un desmayo y cayó en brazos del juez. Aquella situación no hacía sino reafirmarle aún más en lo heroico de su sagrada misión, cuya fase más dura empezaba en ese instante. Con la fortaleza de espíritu que caracterizaba a los miembros de aquella congregación -no digamos si eran, como este juez, numerarios-, venciendo la diabólica tentación que se presentaba ante él en forma de súcubo para seducirle y hacerle caer en el pecado de la carne, creyó llegado el momento de comenzar a persuadir a aquella lasciva mujer de que dejara de pecar. Cuando iba a extraer del bolsillo de su chaqueta un crucifijo y un hisopo con agua bendita, para rociar por el cuerpo de aquella perdida, ésta, que había simulado el desmayo, sacó del bolso unas esposas y con un movimiento veloz como el rayo esposó al juez a la cama, mientras se quitaba la careta y gritaba: "sal de su cuerpo", "apártate de mí, Satanás". El juez, estupefacto, no podía creer lo que le estaba pasando. Su compañera del Consejo Judicial Superior, la jueza Encarna Poyitos, Encarnita (de los Poyitos de toda la vida), tan numeraria como él en la misma secta -digoo congregación- ultracatólica, , lo había seducido como una vulgar puta, llevándolo a un hotel de lujo y esposándole a la cama. ¿Y a quien estaba telefoneando? ¡Horror! ¡Estaba llamando al Santo Oficio de los Legionarios de los Santos Apóstoles! "Encarna, puedo explicártelo", "¡Encarnaaaaa...!"
El juez no fue denunciado a la policía, sino que fue sometido a la disciplina interna de su congregación, al Santo Oficio. La jueza Encarna Poyitos había sido comisionada por aquél órgano para perseguir cualquier desviación de los miembros de la congregación. El enfermizo interés por las prostitutas del juez había llamado la atención, y hasta el propio Papa había preguntado por el asunto. El juez fue juzgado por ordalía, y además de estar de antemano condenado a vagar eternamente en el infierno, se le "sugirió" abandonar su carrera judicial y el país. Acabó sirviendo mojitos en un paraíso fiscal y carnal, donde, liberado de aquellas ataduras sectarias por fin pudo dar rienda suelta a sus aficiones carnales. Eso sí, tras cada aventura carnal se flagelaba salvajemente, la única costumbre sectaria que nunca pudo abandonar. Encarna sustituyó al juez al frente del Consejo Judicial Superior de aquél país, en el cual las hetairas seguían ejerciendo su antiguo oficio, como siempre".
Cuando el anciano terminó su cuento, explicando que aquello que sucedió en tiempos remotos ya no sucedería más pues afortunadamente hacía muchos, muuuchos años que el mundo había cambiado y dejado atrás la injusticia, varios jóvenes presentes en la Asamblea alzaron la mano para preguntar:
- Anciano compañero ¿qué es una comunión? ¿y un bautizo?
- Anciano compañero ¿qué es un magnate? ¿y un banquero?
- Anciano compañero ¿qué es el catolicismo?
- Anciano compañero ¿qué es una cacería?
- Anciano compañero ¿qué es Correos?
- Anciano compañero ¿qué es un Reino?
- Anciano compañero ¿quien era el Papa?
NOTA AÑADIDA A POSTERIORI (19-6-2012): Habrán adivinado como fuente de inspiracion algún hecho reciente de la actualidad política española. Sin embargo en honor a la verdad hay que decir que el cuento se inspira en varios hechos, uno de los cuales es una noticia que sucedió hace algún tiempo en EE.UU. de un agente del FBI, Robert Hanssen, miembro supernumerario del OPUS DEI, que tenía debilidad por las prostitutas y quiso redimir a unas cuantas, lo cual además de hacerle gastar más dinero de lo prudente, le llevó a poner en serio riesgo la seguridad de su país, por lo que fue detenido y hoy cumple cadena perpetua incondicional en un penal estadounidense. Existe una película sobre este hecho, titulada "Breach" (Brecha), estrenada en 2007.
El juez
Fue durante una asamblea de barrio cuando, en plena megapraxis, hablando de la correcta administración de los bienes públicos, escuché contar a un anciano la siguiente historia:
"En un país muy, muuuy lejano, hace mucho, muuucho tiempo, había un juez muy, muuuy importante, el jefe de los jueces de aquel reino. Aquel juez era muy muuuy religioso, lo cual no era muy extraño dado que aquel país (cuya Constitución aseguraba que era laico) estaba dominado por la religión, en concreto por una congregación religiosa, y solo si pertenecías a esa congregación podías ser jefe de algo, de los jueces, de los médicos, de los empleados de Correos, de lo que fuera. Ello se explicaba porque, aunque en la Constitución de aquél lejano país se establecía la separación de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, ello era una fórmula meramente decorativa sin efecto, pues en la realidad los tres poderes estaban tan imbricados que a los ciudadanos les costaba tanto trabajo distinguirlos como distinguir los nombres de los que los ostentaban. Corrientemente se reunían en una misma familia un juez, un diputado, un alto cargo del gobierno, un prelado y un banquero o magnate, de modo que era harto frecuente encontrarse con los mismos apellidos o combinaciones de ellos en todos los ámbitos del poder. El caso es que por familiaridad, por amistad, y por reciprocidad, los que ostentaban aquellos poderes se favorecían mutuamente todo el tiempo. Los del poder legislativo nombraban a los del ejecutivo y éstos nombraban a los del judicial, los cuales a su vez sobreseían todas las causas en que estaban involucrados los miembros de los dos poderes anteriores en el ejercicio de su mandato, a menudo por hacer uso inadecuado de los fondos del erario público en su propio beneficio y en el de sus amigos y familiares. Esto no solo era frecuente en aquellos que ostentaban los poderes ejecutivo y legislativo, sino también entre los jueces, que se perdonaban entre ellos sus pecadillos con gran indulgencia. Y qué decir de los magnates, banqueros y prelados... En fin, las leyes, benignas con los poderosos, eran sin embargo aplicadas de forma implacable a los gobernados, al pueblo llano, dando lugar a una situación muy muuuy injusta, que indignaba a cualquiera. A cualquiera, claro está, que no perteneciera a las castas del poder. Si aquello no era suficiente, se cambiaban las leyes con tal de permitir que aquella injusta situación prevaleciera. Cuando a los jueces, banqueros, prelados o magnates no les gustaba una ley, simplemente se lo hacían saber a sus amigos y parientes para que la cambiaran. Las reuniones familiares y sociales (cenas, cumpleaños, bodas, comuniones, bautizos, confirmaciones, torneos de golf y cacerías) eran el ámbito idóneo para comunicar la necesidad de cambiar tal o cual ley. A aquel lejano país lo llamaban democracia, pero no lo era. Aquellos gerifaltes creían representar al pueblo, pero la verdad era que no, que no, que no lo representaban.
El jefe de los jueces de aquel lejano país tenía una obsesión: quería acabar con la prostitución. La sola visión de aquellas lascivas mujeres ofreciéndose medio desnudas le ponía...muuuy enfermo. En los ratos libres que le dejaban sus actividades judiciales (que eran muchos) paseaba por los lugares donde era frecuente observar aquellas hetairas desvergonzadas. "¡Qué ovejas descarriadas!" pensaba. "No sólo se atreven a ofrecerse de aquella guisa en sórdidos prostíbulos, sino, mucho peor...¡en plena calle!"
El caso es que un buen día el juez decidió pasar a la acción, y pensó que lo mejor sería ir personalmente, de incógnito, a retirar putas del mercado carnal. Su objetivo no era retirarlas de la calle, sino lograr su redención total, convenciéndolas de que se arrepintieran de aquella vida pecadora y la abandonaran. El juez no encontró misión más noble ni más abnegada que aquella, y en ello empleó sus mayores esfuerzos desde entonces. Su estrategia consistía en hacerse pasar por cliente. Así conseguía entablar conversación con aquellas pobres pecadoras. Para su misión, seleccionaba a las más lascivas, a las más hundidas en la molicie, precisamente aquellas que más necesitaban una redención. Aquí hay que decir que no tenía mal gusto el juez. El caso es que aquellas grandes pecadoras eran tremendamente exigentes con sus clientes. Para complacerlas y ganarse su confianza, las invitaba a cenar a restaurantes caros y exclusivos locales, las agasajaba con exquisitos regalos, las llevaba de viaje... Aquellas mujeres eran ciertamente insaciables, especialmente cuando comprobaban que el juez estaba dispuesto a gastar importantes sumas con ellas. Cuando creía tener confianza suficiente, el juez se desvelaba como redentor de meretrices y comenzaba a sermonearlas acerca de lo nefasto de su situación como pecadoras, y de la magnanimidad divina cuando se muestra un arrepentimiento sincero. En estas las putas hacían balance, sopesando cuánto más podrían exprimir al panoli del juez, al que terminaban abandonando con frases del tipo "Ahí te quedas con tus sermones, panoli".
Todo aquello era caro hasta para un juez, pero a este no le importaba: aquello era una misión de Dios, y como para este juez todo en la vida era una misión de Dios, incluyendo su trabajo de juez, pues no le costó mucho llegar a la conclusión de que aquellos gastillos que dedicaba a la procelosa misión de retirar prostitutas de lujo de aquella vida pecadora podían ser perfectamente sufragados por el erario público. Al fin y al cabo, estaba haciendo una labor social además de una misión divina, de modo que comenzó a presentar todas aquellas facturas de hoteles, viajes, cenas, regalos, etc como "gastos de viajes, representación y protocolo". Y coló. Unas 20 veces.
A la veintiúna sin embargo apareció un juez traidor, un infiltrado, un enemigo de Dios, que por servidumbres del sistema había entrado de rondón en el Consejo Judicial Superior de aquél lejano país. El juez traidor conoció aquél dispendio de fondos públicos y lo denunció. "¡Qué desfachatez!" "¿Quien se había creído ese pollo? Ni siquiera creía en Dios" (eso lo explicaba todo). "¿De qué familia había salido?" "¿Cómo era posible que entre bodas, comuniones, confirmaciones, bautizos, torneos de golf y cacerías hubiera pasado desapercibido semejante traidor?"
Los demás jueces tranquilizaron a su jefe: "No tienes nada que temer. Es él el que está perdido" "Ese acaba haciéndole compañía a Garçon" (en referencia a otro juez que había osado cuestionar aquel estado de cosas unos meses antes y al que habían inhabilitado los demás jueces, enviándolo muuy muuy lejos de aquel país, ya en si lejano, al exilio). En efecto, en pocos días se archivó la denuncia, se inhabilitó al juez díscolo, que acabó en otro país todavía maaaas lejano. No había indicios de malversación. Curiosamente, la Ley de Control de Gasto Público había sido recientemente modificada para excluir específicamente a las atenciones protocolarias del Consejo Judicial Superior de las correspondientes justificaciones. Por lo demás, a nadie se le ocurrió preguntar qué hacía el jefe de los jueces con aquellas meretrices, en aquellos hoteles, en aquellos restaurantes de lujo. Nadie se preguntó por el por qué de tanto viaje, de tanta cena, de tanto lujo... y que relación guardaba todo aquello con el interés general, para el aquellos jueces trabajaban, y para el que estaban destinados los fondos que empleaba el juez en su cruzada. La clave era la confianza. Los demás jueces confiaban en su jefe. Era de los suyos, un hombre de bien, de buena crianza, como debe ser un juez de los de toda la vida. De misa diaria. De rosario y cilicio, de los que mortificaban su carne. No había duda. Su misión era divina. ¿Quien podía dudarlo?
El buen juez no dio nunca explicaciones de aquello, lo cual era lo normal en aquel país tan lejano en que nadie daba explicaciones de nada. Por lo demás, y dadas las circunstancias favorables, siguió con su vicio, digooo misión: ventidos, ventitrés, venticuatro veces, venticuatro meretrices que lo mandaron a paseo, venticuatro mil Euracos (el Euraco era la moneda de aquel lejano país) del erario público gastados en...redimir putas (sin entrar en la poca eficacia del método empleado por el juez para "redimir putas").
Hasta que llegó la veinticinco. Al juez la veinticinco le pilló en un putiferio de postín en pleno carnaval. La máscara que tanto clientes como prostitutas llevaban le daba un toque morboso a todo aquel asunto, pensaba el juez, renegando de aquella fiesta pagana. Puso sus ojos (como no podía ser de otra manera), en la más lasciva de las hetairas allí presentes, quien parecía estar pidiéndole "¡redímeme!", "¡redímeme!" tras aquella máscara. Allá que fue el juez. Motivado, agasajó como nunca a aquella mujer, que mostraba con él una extraña afinidad, difícil de explicar. Decidió llevarla a un hotel de lujo de la ciudad, para hablar con aquella gran pecadora a solas con tranquilidad, a ver si aquella vez tenía más éxito. Le hablaría de la grandeza de María Magdalena, de sus lágrimas de arrepentimiento, del perdón de Cristo. Subieron a la habitación más cara, impresionante, con vistas al mar y ascensor de acceso directo a una playa privada. De la impresión, aquella mujer sufrió (o más bien simuló) un desmayo y cayó en brazos del juez. Aquella situación no hacía sino reafirmarle aún más en lo heroico de su sagrada misión, cuya fase más dura empezaba en ese instante. Con la fortaleza de espíritu que caracterizaba a los miembros de aquella congregación -no digamos si eran, como este juez, numerarios-, venciendo la diabólica tentación que se presentaba ante él en forma de súcubo para seducirle y hacerle caer en el pecado de la carne, creyó llegado el momento de comenzar a persuadir a aquella lasciva mujer de que dejara de pecar. Cuando iba a extraer del bolsillo de su chaqueta un crucifijo y un hisopo con agua bendita, para rociar por el cuerpo de aquella perdida, ésta, que había simulado el desmayo, sacó del bolso unas esposas y con un movimiento veloz como el rayo esposó al juez a la cama, mientras se quitaba la careta y gritaba: "sal de su cuerpo", "apártate de mí, Satanás". El juez, estupefacto, no podía creer lo que le estaba pasando. Su compañera del Consejo Judicial Superior, la jueza Encarna Poyitos, Encarnita (de los Poyitos de toda la vida), tan numeraria como él en la misma secta -digoo congregación- ultracatólica, , lo había seducido como una vulgar puta, llevándolo a un hotel de lujo y esposándole a la cama. ¿Y a quien estaba telefoneando? ¡Horror! ¡Estaba llamando al Santo Oficio de los Legionarios de los Santos Apóstoles! "Encarna, puedo explicártelo", "¡Encarnaaaaa...!"
El juez no fue denunciado a la policía, sino que fue sometido a la disciplina interna de su congregación, al Santo Oficio. La jueza Encarna Poyitos había sido comisionada por aquél órgano para perseguir cualquier desviación de los miembros de la congregación. El enfermizo interés por las prostitutas del juez había llamado la atención, y hasta el propio Papa había preguntado por el asunto. El juez fue juzgado por ordalía, y además de estar de antemano condenado a vagar eternamente en el infierno, se le "sugirió" abandonar su carrera judicial y el país. Acabó sirviendo mojitos en un paraíso fiscal y carnal, donde, liberado de aquellas ataduras sectarias por fin pudo dar rienda suelta a sus aficiones carnales. Eso sí, tras cada aventura carnal se flagelaba salvajemente, la única costumbre sectaria que nunca pudo abandonar. Encarna sustituyó al juez al frente del Consejo Judicial Superior de aquél país, en el cual las hetairas seguían ejerciendo su antiguo oficio, como siempre".
Cuando el anciano terminó su cuento, explicando que aquello que sucedió en tiempos remotos ya no sucedería más pues afortunadamente hacía muchos, muuuchos años que el mundo había cambiado y dejado atrás la injusticia, varios jóvenes presentes en la Asamblea alzaron la mano para preguntar:
- Anciano compañero ¿qué es una comunión? ¿y un bautizo?
- Anciano compañero ¿qué es un magnate? ¿y un banquero?
- Anciano compañero ¿qué es el catolicismo?
- Anciano compañero ¿qué es una cacería?
- Anciano compañero ¿qué es Correos?
- Anciano compañero ¿qué es un Reino?
- Anciano compañero ¿quien era el Papa?
NOTA AÑADIDA A POSTERIORI (19-6-2012): Habrán adivinado como fuente de inspiracion algún hecho reciente de la actualidad política española. Sin embargo en honor a la verdad hay que decir que el cuento se inspira en varios hechos, uno de los cuales es una noticia que sucedió hace algún tiempo en EE.UU. de un agente del FBI, Robert Hanssen, miembro supernumerario del OPUS DEI, que tenía debilidad por las prostitutas y quiso redimir a unas cuantas, lo cual además de hacerle gastar más dinero de lo prudente, le llevó a poner en serio riesgo la seguridad de su país, por lo que fue detenido y hoy cumple cadena perpetua incondicional en un penal estadounidense. Existe una película sobre este hecho, titulada "Breach" (Brecha), estrenada en 2007.
Más cuentos del 15M en este blog:
La subasta de órganos: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/12/la-subasta-de-organos.html
El ocaso de la tierra: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/09/el-ocaso-de-la-tierra-o-la-gran.html
Ayer tuve un sueño: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/ayer-tuve-un-sueno-larga-vida-al-15-m.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
domingo, 4 de diciembre de 2011
La subasta de órganos
Tras examinar las pruebas realizadas, el médico comunicó al Sr. Smallboot la mala noticia: su hija necesitaba un trasplante cardíaco, y para ello había conseguir el órgano a través de una subasta por Internet. Hacía algunos años que la sanidad pública había sido sustituida por un sistema de seguros médicos privados. La sanidad pública y muchas cosas más. Lo “público” fue erradicado como si se tratase de la peste. Ahora, si necesitabas un órgano, había que pujar bien alto para conseguirlo. Si no, mala suerte. Las pólizas no solían incluir este tipo de intervenciones, de manera que si tenías la desgracia de necesitar un transplante, debías contratar el servicio aparte. Por supuesto, esto estaba solo al alcance de unos pocos privilegiados, no solo por el precio de la intervención (al que había que sumar el del órgano en subasta), sino porque además a partir de entonces los gastos médicos se disparaban, y con ellos los precios de las pólizas. La población general no podía ni soñar con una intervención médica de este calibre.
Las subastas de órganos por Internet eran gestionadas por empresas especializadas que cotizaban en bolsa. Ocurría algo similar con los bancos de sangre: la “donación” voluntaria había sido sustituida por la compra de sangre a particulares. Los “bancos de sangre” eran igualmente gestionados por empresas privadas que también cotizaban en bolsa. El precio de la sangre y los hemoderivados lo determinaban las agencias de “hemorating”. Había 3 calidades, en función de la seguridad de los productos sanguíneos: sangre “de primera”, analizada individualmente; "de segunda", analizada por lotes, según un algoritmo estadístico que reducía el riesgo, pero no lo eliminaba, y "de tercera", sin control alguno. La primera categoría era cada vez más escasa, porque era muy difícil encontrar suministradores de sangre "seguros" toda vez que los que acudían por necesidad a vender su sangre se habían convertido en auténticos “sacos de virus”, por la falta de sistema sanitario eficaz. La salud pública era cosa del pasado. No importaba la sanidad de la población, sino la del individuo, que dependía de lo que pudiera pagar por mantenerla. La ausencia de control sanitario público trajo como consecuencia el auge de las enfermedades infecciosas, que se cebaban con la población con menos recursos, precisamente los principales “suministradores” de sangre de los bancos, con el consiguiente riesgo para las transfusiones.
La hija del Sr. Smallboot necesitaba un trasplante. Su corazón no latía bien. Un defecto genético. El corazón de los Smallboot era su punto débil. Por suerte, el Sr. Smallboot poseía una gran fortuna, amasada por su familia durante generaciones dedicadas al negocio de la banca. Siendo así, no tendría ningún problema en proporcionar un corazón a su hija, así como todos los cuidados médicos necesarios para restablecer su salud. El Sr. Smallboot era un liberal convencido, y por lo tanto un firme partidario de la medicina privada. “Cada cual –decía- tiene lo que merece en la vida. Si no te has hecho merecedor de riqueza suficiente para pagar un buen seguro médico, es por tu culpa, por no haberte esforzado bastante, y tú y tu familia debéis afrontar las consecuencias. Los que nos hemos esforzado no tenemos por qué cargar con los gastos de los que no lo han hecho”. Consistente con la ideología imperante, para el Sr. Smallboot “esforzarse” era un concepto amplio que incluía a las generaciones previas y las riquezas y posición que recibía uno en herencia.
Los órganos de “calidad” eran también escasos y ello hacía que alcanzasen precios muy elevados en las subastas. Esto no era un problema para el Sr. Smallboot. Sin embargo, a veces había que esperar cierto tiempo para conseguir uno que fuera compatible, lo cual si representaba un problema en este caso, porque era urgente. El Sr. Smallboot no estaba dispuesto a esperar, por lo que había utilizado su influencia para presionar a su seguro médico para que consiguiera un corazón compatible lo antes posible. Comprendieron que no había otra alternativa sino complacer al Sr. Smallboot y hablaron con LIFE-BIONICS, una empresa de servicios sanitarios, que entre otras cosas, se dedicaba al negocio de la compraventa de órganos y la gestión de bancos de sangre, para que, en lo posible, acelerara el proceso.
El Sr. Tobin trabajaba en LIFE-BIONICS. Antes había sido epidemiólogo en la Agencia Nacional de Salud Pública, un organismo estatal que velaba por el control de las enfermedades. Al no considerarse necesaria su actividad, cerró y todos los funcionarios que trabajaban en ella tuvieron que buscar nuevas ocupaciones. Al Sr. Tobin no le costó mucho encontrar trabajo en LIFE-BIONICS, dada su experiencia en el control de enfermedades infecciosas. Se ocupaba de la seguridad de los productos de la compañía. Tanto la sangre y hemoderivados como los órganos podían transmitir enfermedades infecciosas graves y debían someterse a pruebas que aseguraran su inocuidad. El Sr. Tobin se encargaba de ese control, cuyo objetivo era optimizar la relación entre el coste y el riesgo para la seguridad de los productos. El sistema de control esencialmente servía para proteger a la empresa ante las acciones legales que pudieran emprender afectados de posibles casos de contagio derivados del uso de los productos de la empresa. La seguridad se basaba en reducir el riesgo de trasmisión de enfermedades infecciosas a los más pudientes, que podían pagar caros abogados para demandar a la empresa. El resto no era relevante. Desde luego, LIFE-BIONICS no podía arriesgarse a que el corazón para la hija del Sr. Smallboot estuviera infectado por algún agente patógeno. El Sr. Tobin recibió instrucciones sobre la especial atención que merecía ese órgano.
El Sr. Tobin se sorprendió del hecho inusual de recibir 10 donaciones de órganos el mismo día. Ello aumentaba las probabilidades de encontrar un corazón compatible para la hija del Sr. Smallboot. Todos los órganos eran de niños fallecidos apenas unas horas antes. Al terminar los análisis, todos esos órganos serian subastados públicamente a través de Internet, y el precio sería en gran medida determinado por los análisis que iba a realizar el equipo del Sr. Tobin. El análisis genético realizado en esta ocasión –por la importancia que había cobrado el caso, y por el precio que probablemente alcanzaría alguno de los corazones en la subasta- fue el más completo disponible. No solo permitía comprobar la compatibilidad, sino también la ausencia de patógenos, así como los rasgos genéticos de los donantes. En cuanto se informara del resultado de los análisis, se procedería con la subasta.
Los análisis hallaron un corazón compatible apto para transplantar a la hija del Sr. Smallboot, de modo que el Sr. Tobin respiró tranquilo. Además, era un corazón sano, seguro, sin patógenos, aparentemente. Sin embargo, los análisis mostraban que tres de las diez donaciones presentaban infección por virus de la fiebre amarilla, por lo que esos órganos fueron desechados inmediatamente. La fiebre amarilla estaba causando brotes en la ciudad desde hacía algún tiempo. La quiebra de los sistemas de control de la salud pública y el abandono de los programas de vacunación habían provocado la vuelta de enfermedades que antes se consideraban superadas, como la polio, el paludismo o la fiebre amarilla.
El Sr. Tobin pensó con razón que esos tres casos de fiebre amarilla entre los donantes respondían a un brote en ciernes en la ciudad, y que probablemente habría más casos. La fiebre amarilla se transmite por la picadura de un mosquito y éstos ya abundaban a comienzos del verano, por lo que era de esperar un aumento de los casos a lo largo del verano hasta el otoño. Esta situación era preocupante para la gestión de la seguridad de las transfusiones de sangre y hemoderivados, asunto que concernía directamente al trabajo del Sr. Tobin.
A pesar de todo, el corazón sano y compatible con la hija del Sr. Smallboot fue subastado rápidamente, conforme a la urgencia del caso. El Sr. Smallboot pujó una fuerte suma y lo consiguió. La operación de trasplante se llevó a cabo en seguida y fue un éxito. La niña se recuperaba en una confortable habitación del hospital de lujo donde fue intervenida.
Pero había otro motivo de inquietud para el Sr. Tobin. Como epidemiólogo, sabía que al comienzo de una epidemia el virus podía resultar indetectable incluso para los sofisticados sistemas analíticos que empleaban en su empresa. Y si había nada menos que tres casos de fiebre amarilla entre aquellos 10 donantes de órganos, es que podía haber un vínculo entre ellos. ¿Existía ese vínculo con los demás donantes? Si esto fuera así, había cierta probabilidad de que incluso siendo negativos los análisis, los órganos que fueron considerados aptos para el trasplante podrían contener virus de fiebre amarilla viables, capaces de producir la enfermedad en los receptores del trasplante. Expuso estos razonamientos a sus superiores para solicitar realizar investigaciones de campo sobre el caso, pero se negaron, aduciendo que el contrato del Sr. Tobin prohibía expresamente hacer ningún tipo de averiguaciones sobre las muestras que recibía, y en especial sobre su origen. El Sr. Tobin decidió hacerlas por su cuenta y riesgo, sabiendo que no solo no podría contar a nadie aquello que averiguara, sino que podía meterle en un buen lío, pero era mayor su afán por conocer la verdad que cualquier otra consideración. Tenía contactos en la policía que le debían favores, y a ellos acudió. Le informaron que todos los donantes procedían de un único accidente, un autobús que transportaba niños de un colegio de huérfanos se salió de la carretera y chocó contra un pilar, a consecuencia de lo cual murieron 10 niños. Muchos heridos fueron atendidos en un hospital cercano. Ese mismo hospital gestionó las donaciones y llevó a cabo las extracciones de los órganos. LIFE-BIONICS adquirió los derechos de subasta de los órganos a este hospital, que formaba parte de la red del seguro médico del Sr. Smallboot. Fue al colegio y habló con el director, el cual le dijo que los niños iban a una excursión programada el día anterior. Le habló de que el colegio pertenecía a una fundación, uno de cuyos principales socios era el Sr. Smallboot. Le confirmó que los órganos fueron donados por la fundación, tutora legal de los niños fallecidos. No se trataba de una verdadera “donación” porque en realidad recibirían un porcentaje del dinero obtenido en subasta de cada órgano. Sobre la fiebre amarilla, aún no se había detectado ningún caso en el colegio.
El Sr. Tobin se fue a su casa un tanto turbado. Había oído rumores acerca de redes de tráfico ilegal de órganos para trasplantes y su relación con las desapariciones que desde hacía algún tiempo se habían multiplicado en la ciudad. No había cifras oficiales, ni aparecían en las noticias –la explicación oficial era que no era conveniente informar sobre ellos para no perjudicar las investigaciones- pero debían de ser bastantes cuando todo el mundo tenía un caso más o menos “cercano”, un conocido o un familiar, que había denunciado la desaparición de alguien en su entorno. Pero este caso iba más allá. El origen de los órganos era claro: un accidente aparentemente normal, pero plagado de “casualidades afortunadas”. Por un lado, la cercanía del lugar del accidente y un hospital “demasiado preparado” para atender a los heridos, pero sobre todo, extraer los órganos de los cadáveres de los niños fallecidos (un policía le dijo que llegaron antes que los heridos); por otro lado, la forma en que se organizó la excursión en el colegio, de repente y sin preparación; y, por último, la omnipresencia del Sr. Smallboot en todo aquello. Olía mal, pero tampoco había ninguna prueba.
El mundo siguió siendo imperfecto. Gente inquieta como el Sr. Tobin lo ponían de manifiesto en cuanto decidían actuar por su cuenta. Gente como el Sr. Smallboot creían que el mundo era perfecto hasta que la imperfección se mostraba delante de sus ojos en toda su crudeza, acusándoles, y entonces algunos no podían resistirlo y se suicidaban.
Más cuentos del 15M en este blog:
El ocaso de la tierra: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/09/el-ocaso-de-la-tierra-o-la-gran.html
Ayer tuve un sueño: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/ayer-tuve-un-sueno-larga-vida-al-15-m.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
viernes, 18 de noviembre de 2011
El sacrificio (fábula neolítica sobre las crisis y cómo afrontarlas)
Aunque se trataba de un rito muy extendido, Tridia no se fiaba, y no era la única. Los druidas y caciques de su tribu, al igual que los de las demás tribus de la comarca, sostenían que el ritual mantendría a raya a los malos espíritus, esas malas influencias que eran la causa inequívoca de la penosa situación en la que se encontraban. El ritual consistía en sacrificar una cabra en el altar de la aldea. La sangre del animal, untada con grasa en la frente y el pecho de los miembros de la tribu, les protegería del mal. Desde hacía tiempo la desgracia se había ensañado con los pueblos de la comarca. Graves sequías habían provocado malas cosechas; las plagas se cebaban con el ganado; la escasez de comida condenaba al hambre a aquellas gentes que habían conocido la abundancia en épocas no tan lejanas. Otros pueblos de la comarca llevaban más tiempo que ellos sacrificado cabras, lo cual, según los druidas, había evitado males mayores. De hecho, sostenían que cuanto mayor era el sacrificio, más protegidos quedaban. Según ellos, la magnitud del sacrificio tenía que ser pareja a la magnitud de la desgracia que se pretendía evitar. Se decía que en algunos pueblos cuya situación era especialmente grave se había empezado a sacrificar niños con el fin de alejar la desgracia. Sin embargo, algunos pensaban que esto ocurría porque no quedaban cabras que sacrificar.
Tridia no se fiaba, y no era la única. Ella, al igual que otros habitantes del pueblo, no encontraba satisfactoria la explicación que les daban los druidas y los caciques, sobre las causas de aquella penosa sucesión de desgracias que les afectaba tan severamente Las dudas acechaban ¿que habían hecho para provocar la ira de los espíritus? ¿por qué les castigaban tan severamente? ¿de qué modo sacrificar animales y untarse con su sangre iba a protegerles del mal? Tridia comenzó a atisbar una explicación alternativa: la sequía había provocado malas cosechas, y ello debilitó al ganado, que empezó a caer enfermo; todo ello redujo la comida disponible y extendió el hambre y la enfermedad en los habitantes de la comarca. La solución adoptada era contraproducente: sacrificando cabras u otros animales no solo no iban a evitar sus problemas sino que los iban a agravar, pues la comida iba a escasear aún más. Es más, la unción de sangre de animales enfermos, como la mayoría de los que se sacrificaban, parecía tener relación con aquella plaga de enfermedad febril que había empezado a afectar a muchos de los habitantes de la comarca coincidiendo con el auge de los sacrificios. Y todo eso por no hablar de los sacrificios de niños, verdadero suicidio colectivo para estos pueblos que estaban de esta manera comprometiendo su supervivencia.
El día señalado para el sacrificio, los druidas mandaron traer una cabra. Eligieron una cabra sana y hermosa. La llevaron al altar, donde procedieron con el ritual. Los habitantes del pueblo, hambrientos, enfermos, cansados, desanimados, asistieron impávidos al desangrado de la cabra. Tridia no aguantó más. Gritó: ¡vamos a comernos la cabra! Otros gritaron: ¡repartámosla entre todos! ¡las mejores raciones para los enfermos y los niños! Los druidas no podían creerlo. El consumo de la carne de la cabra sagrada traería un sinfín de desgracias al pueblo y así lo advirtieron a quien quiso escucharles, pero la mayoría del pueblo se abalanzó sobre la cabra, comenzando a despiezarla y a repartir los despojos. Los caciques advirtieron que si no se efectuaba el ritual tal y como lo hacían en otros pueblos, nunca cesarían de ocurrir desgracias. Pero ninguna de estas advertencias desanimó a aquellos seres hambrientos, que dieron buena cuenta de aquella hermosa cabra.
Con el estómago lleno, aquellas gentes emprendieron sus labores con más empeño que hasta entonces, pues el hambre y la enfermedad son malos compañeros del trabajo productivo. Araron los campos, sembraron, construyeron corrales para separar a los animales sanos, cuidaron de sus familiares enfermos con más fuerza...y la lluvia, que, aunque a veces tarda en aparecer, al final siempre llega, cumplió su eterno papel en el ciclo de la vida. Volvió la abundancia a la tribu. Los druidas y caciques revisaron sus teorías, y Tridia fue recordada como la que cambió la forma antigua de pensar por otra mucho más interesante y poderosa. Se llamó razonar.
Tridia no se fiaba, y no era la única. Ella, al igual que otros habitantes del pueblo, no encontraba satisfactoria la explicación que les daban los druidas y los caciques, sobre las causas de aquella penosa sucesión de desgracias que les afectaba tan severamente Las dudas acechaban ¿que habían hecho para provocar la ira de los espíritus? ¿por qué les castigaban tan severamente? ¿de qué modo sacrificar animales y untarse con su sangre iba a protegerles del mal? Tridia comenzó a atisbar una explicación alternativa: la sequía había provocado malas cosechas, y ello debilitó al ganado, que empezó a caer enfermo; todo ello redujo la comida disponible y extendió el hambre y la enfermedad en los habitantes de la comarca. La solución adoptada era contraproducente: sacrificando cabras u otros animales no solo no iban a evitar sus problemas sino que los iban a agravar, pues la comida iba a escasear aún más. Es más, la unción de sangre de animales enfermos, como la mayoría de los que se sacrificaban, parecía tener relación con aquella plaga de enfermedad febril que había empezado a afectar a muchos de los habitantes de la comarca coincidiendo con el auge de los sacrificios. Y todo eso por no hablar de los sacrificios de niños, verdadero suicidio colectivo para estos pueblos que estaban de esta manera comprometiendo su supervivencia.
El día señalado para el sacrificio, los druidas mandaron traer una cabra. Eligieron una cabra sana y hermosa. La llevaron al altar, donde procedieron con el ritual. Los habitantes del pueblo, hambrientos, enfermos, cansados, desanimados, asistieron impávidos al desangrado de la cabra. Tridia no aguantó más. Gritó: ¡vamos a comernos la cabra! Otros gritaron: ¡repartámosla entre todos! ¡las mejores raciones para los enfermos y los niños! Los druidas no podían creerlo. El consumo de la carne de la cabra sagrada traería un sinfín de desgracias al pueblo y así lo advirtieron a quien quiso escucharles, pero la mayoría del pueblo se abalanzó sobre la cabra, comenzando a despiezarla y a repartir los despojos. Los caciques advirtieron que si no se efectuaba el ritual tal y como lo hacían en otros pueblos, nunca cesarían de ocurrir desgracias. Pero ninguna de estas advertencias desanimó a aquellos seres hambrientos, que dieron buena cuenta de aquella hermosa cabra.
Con el estómago lleno, aquellas gentes emprendieron sus labores con más empeño que hasta entonces, pues el hambre y la enfermedad son malos compañeros del trabajo productivo. Araron los campos, sembraron, construyeron corrales para separar a los animales sanos, cuidaron de sus familiares enfermos con más fuerza...y la lluvia, que, aunque a veces tarda en aparecer, al final siempre llega, cumplió su eterno papel en el ciclo de la vida. Volvió la abundancia a la tribu. Los druidas y caciques revisaron sus teorías, y Tridia fue recordada como la que cambió la forma antigua de pensar por otra mucho más interesante y poderosa. Se llamó razonar.
Más cuentos del 15M en este blog:
La subasta de órganos: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/12/la-subasta-de-organos.html
El ocaso de la tierra: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/09/el-ocaso-de-la-tierra-o-la-gran.html
Ayer tuve un sueño: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/ayer-tuve-un-sueno-larga-vida-al-15-m.html
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
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domingo, 25 de septiembre de 2011
El ocaso de la Tierra (o La gran pirámide)
Si seguimos alimentando la codicia, con el tiempo una sola persona lo poseerá todo y el resto de la humanidad no poseerá nada.
Los sistemas de seguridad detectaron un objeto a la deriva en medio de la trayectoria de la nave. Al acercarse pudieron percibir que se trataba de algo artificial, una especie de cápsula. Enviaron una patrulla para inspeccionarlo. Al acercarse comenzaron a recibir una señal procedente del objeto. Extrañamente, la señal no estaba codificada. El capitán comenzó a leer el texto según iba apareciendo en la telepantalla:
"...en 2025, al final de la era de los Estados, quedábamos aún siete grandes Corporaciones. Liquidar los Estados fue coser y cantar, pues casi se autoliquidaron ellos mismos. Nosotros sólo les mostramos el camino a seguir ("eliminad ciudadanos, cread súbditos; eliminad derechos, cread obligaciones; eliminad educación, cread ignorancia") y ellos lo siguieron como corderitos que van al matadero. Una vez que nos repartimos el botín comenzaron las hostilidades. Distintos intereses acabaron por conformar dos grandes bloques, la Alianza y el Eje, abocados a enfrentarnos poco después, en la Gran Guerra Absoluta. El Eje fue vencido, aplastado, liquidado, borrado del mapa. Fue un gran triunfo, porque las fuerzas estaban igualadas y tanto el Eje como la Alianza tenían una capacidad igualmente terrible de aniquilación. Sin embargo, vencimos al Eje, sin duda porque para ganar no basta con tener capacidad de exterminio, sino que además es imprescindible una determinación absoluta para emplear esa capacidad contra el enemigo, y emplearla antes que éste.
Con la Alianza dominando hegemonicamente el Mundo no llegó la paz. Por el contrario, empezaron las luchas entre los Presidentes de las tres Corporaciones que entonces formábamos la Alianza. En una maniobra hábil y rápida, los dos más fuertes hicimos una OPA hostil al tercero, quebrando su Corporación. Nos repartimos sus holdings y los mercados correspondientes, que pasaron a nuestro Dominio, junto con su arsenal nuclear y biológico. Ya libres de competencia, el presidente de la otra Corporación murió de forma inesperada dejándome a mi como único heredero de su Imperio.
El Mundo ya es mío. Poseo toda la riqueza y todo el poder. La Humanidad entera me pertenece. Tengo el control absoluto sobre todas las cosas que hay en la Tierra. Toda mi vida he luchado con el único objetivo de vencer, de triunfar, de llegar hasta aquí. He sometido a todos mis enemigos. Los pocos supervivientes de esas batallas son ahora mis esclavos. Ya no hay enemigos contra quien luchar.
En el tiempo que me queda de vida se inicia una nueva era de paz. He dispuesto construir una gran pirámide que sirva como mausoleo que conmemore mi existencia eternamente. Será colosal, porque en ella no sólo se dará sepultura a mis restos, sino también a todas mis riquezas materiales. En ella enterraré también mis armas de destrucción masiva, dispuestas de modo que, si tras mi muerte, alguien osara profanar mi eterno descanso, se ponga en marcha un programa de aniquilación que acabará con el planeta. A la vez, mis restos serán lanzados en una cápsula hacia el espacio, donde encontrarán eterno descanso".
El capitán levantó los ojos de la telepantalla y dio la orden a la nave: "¡DESTRUIR!". Una vez que la patrulla se encontraba segura, un rayo hizo estallar la cápsula, reduciéndola a polvo estelar. La patrulla regresó a la "Resistence", una gran nave del Eje, superviviente de la Gran Guerra Absoluta, que continuó la búsqueda de un planeta habitable.
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domingo, 19 de junio de 2011
El coma
-¡Ha abierto los ojos! ¿No es increíble? ¡Nos está mirando!
Juan había sufrido un accidente hacía 10 años, en 2011. Desde entonces había estado inmóvil, como un vegetal, postrado en cama. A decir de los médicos, las posibilidades de salir de ese estado eran mínimas, pero es cierto que nunca lo descartaron. Juan despertó de un largo sueño una mañana de verano en la que le acompañaba Lucía, su mujer y Fernando, su hijo. Fue ella la que vio cómo abría los ojos.
- ¿Puedes hablar, Juan? ¿Sabes quien soy?
- Si, Lucía.
Ambos sonrieron. 10 años son 10 años, pero Lucía “lucía” bien aún, y Juan no dudó en reconocer a su compañera al primer vistazo. Sus funciones visuales parecían estar perfectamente, y en cuanto a la memoria, al menos se acordaba del rostro de Lucía, lo cual era muy buena señal.
- ¿Te acuerdas de mi? dijo Fernando.
- ¿Fernando? ¡Hijo!
Después de un buen rato de besos y lagrimones corriendo por las mejillas de los tres, y mientras venía el médico al que habían avisado para que reconociera a Juan, éste quiso saber donde estaba. En efecto, estaba en una cama, en pequeña estancia que no parecía un hospital, y en la que había una serie de aparatos y cámaras.
- Te están estudiando, Juan -dijo Lucía-.
- ¿Qué? ¿por que?
- Pues porque si no hace tiempo que estarías muerto.
- ¿Y eso?
- Verás, has estado en coma 10 años. Mientras han ocurrido muchas cosas, y claro, tú no te has podido enterar.
- ¿Qué cosas?
- Por ejemplo, hace unos años que la seguridad social fue privatizada. Ahora, tienes que pagar los cuidados médicos y son muy caros. Solo unos pocos pueden permitírselo.
- Pues no lo entiendo ¿Cómo habéis podido entonces pagar mis cuidados durante este tiempo?
- Fue una suerte. Te pudimos meter en un estudio científico y gracias a ello tus cuidados fueron gratuitos. A cambio tuvimos que firmar unos papeles…consentimiento informado y no se qué gaitas. El caso es que te mantendrían con vida y no nos costaría nada. Siempre hubo esperanza en que despertaras, y aquí estás. Tenemos que agradecerles mucho a los del proyecto científico.
- ¿Y en 10 años que he estado en coma ha quebrado la seguridad social? –Preguntó Juan-.
- No, no es que haya quebrado. Simplemente privatizaron todos los servicios sanitarios, poco después de lo de tu accidente, hace 8 años. Fue entonces cuando nos comentaron lo del estudio.
- ¿Y las pensiones? ¿no eran parte de la seguridad social? –Preguntó Juan, bastante preocupado-.
- Pobre Juan –dijo Lucía-. Me temo que te esperan unas cuantas sorpresas esta mañana.
- Las pensiones son cosa del pasado –dijo Fernando-. Desaparecieron al mismo tiempo que la seguridad social. Ahora hay seguros privados.
- ¿Y los derechos adquiridos durante años?
- Hubo un “decreto de amnesia de cotizaciones” por el que los derechos pasivos fueron abolidos.
- ¿Y nadie dijo nada?
Lucía y Fernando se miraron con tristeza. Lucía respondió al fin:
- Mucha gente intentó parar aquel decreto protestando en la calle.
- ¿Y que pasó? –dijo Juan- ¿fueron reprimidos? ¿encarcelados?
- Simplemente ignorados –respondió Fernando-. Las protestas no salieron en los medios de comunicación y la gente ni se enteró. Nosotros nos enteramos porque tu amigo José Luís, estuvo metido en algo, hasta que …bueno, nada.
- ¿Hasta que qué? –preguntó Juan con preocupación-.
Lucía y su hijo se miraron y asintieron con la cabeza. Lucía continuó, en voz muy baja, y mirando de reojo a la cámara para confirmar que no estaba encendida en ese momento.
- Hasta que fue “reconducido”
- ¿Reconducido?- pregunto otra vez Juan-.
- Si, todos los involucrados de una u otra manera en aquella protesta fueron reconducidos. No sabemos que les pasó, pero nunca volvieron a protestar. Esto acabó con las protestas.
Juan miró a Lucía con incredulidad. Continuó preguntando:
- ¿Y qué otras “noticias” tengo que saber?
- Pues que Fernando no ha podido entrar en la Universidad.
- ¿Y eso?¿no aprobó la selectividad?
- No ¡ja, ja., ja! –rió con ganas Fernando- Es que la universidad ahora es privada y un curso cuesta más de lo que es capaz de ahorrar una familia media 20 años. O sea, para poder hacer una carrera universitaria ahora hay que ser muy rico.
Juan se quedó mudo. ¿En tan poco tiempo habían perdido las pensiones, la sanidad pública y la educación universitaria?¿qué le quedaba por oir?
- Mejor no pregunto si nadie hizo nada tampoco para evitarlo…
Fernando miro a su madre, y su madre miró a la cámara, que se había encendido. Juan decidió cambiar de tema.
- ¿Cómo están los abuelos?
La cara de Lucía ahora se puso roja, entre vergüenza e ira.
- ¿Qué ha pasado? ¿Han muerto? Vaya, es cierto que ha pasado mucho tiempo y que ya eran mayores.
Fernando terció:
- Fueron obligados a suicidarse.
- ¿Qué? –replicó indignado Juan-.
- Pues sí –prosiguió Fernando-. Hace 5 años se promulgó el “decreto de solidaridad de la tercera edad”, en el que se estableció que, como ya no había pensiones públicas, aquellos que no tuvieran medios para subsistir ni hubieran contratado una pensión privada, debían suicidarse al llegar a los 65 años para no causar más gastos inútiles. Si no lo hacían, al parecer ponían en peligro el estado del bienestar de los excelentes.
- ¿Qué? ¿estado del bienestar de quien? ¿que clase de bienestar es ese? –dijo indignado Juan-.
- Bienestar de los excelentes. Solo las personas excelentes de esta sociedad tienen servicios de calidad. Ellos –los excelentes- dicen que se lo han merecido, que son más listos que los demás. Por eso tienen los puestos mejor pagados, los de mayor responsabilidad, los de más poder…
- ¿Pero que clase de sistema es ese?¿Nadie se ha rebelado?
Fernando y Lucía se miraron otra vez en silencio.
- Está bien, no me contestéis. Pero decidme ¿y los servicios esenciales? No sé, la policía, los bomberos, los funcionarios que vigilaban la salubridad de los alimentos, los que vigilaban que las empresas no contaminaran, los que controlaban la seguridad nuclear…?
- Los funcionarios fueron suprimidos hace 6 años por el “decreto de externalización para una gestión eficaz”. Fueron sustituidos por empresas, que hay que pagar o bien individualmente o por sociedades interpuestas. Los servicios de estas empresas dejan mucho que desear. No son ni más eficaces ni mejores que antes. Es más, en muchos casos son peores.
Fernando añadió:
- Los presidentes, directores generales, y altos cargos de estas empresas son algunos de los “excelentes”. Son universitarios, pero como para pagar la universidad hay que ser rico, todos son de familias ricas. Como puedes suponer, la riqueza material lleva a la excelencia y viceversa, y además se hereda. Los excelentes solo se relacionan y emparientan entre ellos. Dicen que los genes excelentes deben permanecer puros y no hay que mezclarlos. Se han hecho leyes para impedir bodas mixtas. Hay leyes muy duras contra aquellas personas comunes que causen daños a los excelentes, pero a la inversa, los excelentes apenas son castigados si causan daño a una persona común. Tienen sus propios tribunales de justicia, solo para excelentes, e incluso cárceles para excelentes, que ya te puedes imaginar cómo se parecen a hoteles de lujo. También hay una “ley de inmunidad de los excelentes”, por la que si cometen un delito se les perdona si esto no causa daño a otros excelentes.
- Pero esto es…un asco de sistema. ¿En solo 10 años hemos llegado a eso? –dijo Juan, muy alterado-.
- Pues sí, Juan –dijo Lucía-. La mayoría de la gente estaba tan preocupada por lo suyo que no tuvo tiempo ni de reaccionar cuando ya había ocurrido todo.
- Y eso –dijo Fernando- sin contar las últimas privatizaciones: el año pasado privatizaron el aire que respiramos: ahora pagamos a una empresa privada porque ésta garantiza que el aire esté “limpio” (de hecho está más contaminado que nunca, pero eso es igual). Y por el agua pagamos a otra empresa un precio astronómico, porque la poca que va quedando en los embalses (que antes eran públicos) sirve para regar campos de golf de excelentes, los cuales no tienen ningún reparo en malgastarla, porque como ellos dicen “podemos pagarla”.
- También se ha privatizado la sombra en verano –añadió Lucía-. En las calles se han habilitado zonas de sombra y si quieres utilizarlas para protegerte del sol debes pagar.
En este momento entró el médico al que habían avisado para que reconociera a Juan.
El médico formaba parte del equipo científico que estaba estudiando a Juan. Cuando acabó el reconocimiento dijo:
- Me temo que ya no podemos seguir haciéndonos cargo de usted, Juan. Solo nos servía para nuestro estudio un individuo en coma, y usted ya ha salido de ese estado. Por lo tanto, ya no nos sirve. Según el protocolo firmado por su familia antes de incorporarle a usted a este estudio, que recordará su mujer aquí presente, si salía del coma antes de terminar el mismo, como es este caso, los gastos originados por sus cuidados médicos serán sufragados por su familia. ¿me entiende, Juan? ¿Juan? ¿Está usted bien?
En ese momento, Juan no parecía atender a nadie. Sus ojos se habían cerrado. Un aparato que había en la sala empezó a emitir un pitido continuo: “Biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip". El médico cogió la mano derecha de Juan para tomarle el pulso. Miró a Lucía a los ojos y dijo:
- Su marido ha muerto.
Cuento de vampiros: http://megapraxis.blogspot.com.es/2011/05/cuento-de-vampiros.html
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viernes, 20 de mayo de 2011
Ayer tuve un sueño - Larga vida al 15-M
Ayer tuve un sueño.
Soñé que los banqueros y los poderosos dejaban de pensar en sus beneficios porque comprendían que un mundo más equilibrado es un mundo mejor, incluso para ellos.
Soñé que los altos directivos de las grandes compañías renunciaban a sus cuantiosas ganancias, porque comprendían que es inmoral ganar tanto dinero al mismo tiempo que aumenta la miseria y la pobreza.
Soñé que los poderosos renunciaban a sus privilegios, porque comprendían que los habían adquirido injustamente.
Soñé que los corruptos se entregaban a la justicia, porque comprendían que habían actuado mal.
Soñé que la justicia trataba igual a los poderosos que a los parias.
Soñé que la sociedad hacía un sitio a los parias porque comprendía que otro mundo es posible, y en ese mundo hay sitio para todos.
Soñé que la contaminación cesaba porque los empresarios habían aprendido que de nada servía obtener beneficios a costa de envenenar la tierra que habitarán sus hijos.
Soñé que los violentos abandonaban la violencia, porque comprendían que no servía para nada.
Soñé que todos, ricos y pobres, banqueros y obreros, directivos, agricultores, artistas, artesanos, empresarios, comerciantes, parados, excluidos sociales, todas las mujeres y todos los hombres que componen nuestra sociedad, se ponían a trabajar codo con codo, mano a mano, en un único objetivo: que la sociedad en su conjunto, prospere y avance, sin excluir a nadie a que participe de la riqueza creada colectivamente.
Soñé que los políticos se retiraban de sus cargos, porque comprendían que su hora había pasado.
Soñé con unos rostros que sonreían y saludaban. Martin Luther King guiñaba un ojo, mientras que Gandhi señalaba con su brazo "adelante".
OTRO MUNDO ES POSIBLE
Soñé que los banqueros y los poderosos dejaban de pensar en sus beneficios porque comprendían que un mundo más equilibrado es un mundo mejor, incluso para ellos.
Soñé que los altos directivos de las grandes compañías renunciaban a sus cuantiosas ganancias, porque comprendían que es inmoral ganar tanto dinero al mismo tiempo que aumenta la miseria y la pobreza.
Soñé que los poderosos renunciaban a sus privilegios, porque comprendían que los habían adquirido injustamente.
Soñé que los corruptos se entregaban a la justicia, porque comprendían que habían actuado mal.
Soñé que la justicia trataba igual a los poderosos que a los parias.
Soñé que la sociedad hacía un sitio a los parias porque comprendía que otro mundo es posible, y en ese mundo hay sitio para todos.
Soñé que la contaminación cesaba porque los empresarios habían aprendido que de nada servía obtener beneficios a costa de envenenar la tierra que habitarán sus hijos.
Soñé que los violentos abandonaban la violencia, porque comprendían que no servía para nada.
Soñé que todos, ricos y pobres, banqueros y obreros, directivos, agricultores, artistas, artesanos, empresarios, comerciantes, parados, excluidos sociales, todas las mujeres y todos los hombres que componen nuestra sociedad, se ponían a trabajar codo con codo, mano a mano, en un único objetivo: que la sociedad en su conjunto, prospere y avance, sin excluir a nadie a que participe de la riqueza creada colectivamente.
Soñé que los políticos se retiraban de sus cargos, porque comprendían que su hora había pasado.
Soñé con unos rostros que sonreían y saludaban. Martin Luther King guiñaba un ojo, mientras que Gandhi señalaba con su brazo "adelante".
OTRO MUNDO ES POSIBLE
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